
Foto por: AlexPears
Noviembre siempre empieza con un recuerdo para los seres queridos que ya no están con nosotros: es la festividad de los Fieles Difuntos, el día 2, que este año cae en martes. Una jornada atípica de por sí pero que en México adquiere un carácter propio y pintoresco por la idisosincrasia y la historia de este país, con especial acento en los estados sureños de Oaxaca y Michoacán.
Esta zona situada a varias horas de la capital celebra dos días de fiesta en memoria de sus fallecidos que es un jugoso bocado para los antropólogos. Desde tiempos inmemoriales los pueblos azteca, maya y totonaca, entre otros, conmemoraban a los espíritus que moraban en el reino de los señores de la Muerte, Micthantecuhti y su esposa Mictecacihuatl, de la que deviene hoy un personaje popular llamado La Catrina. Los miles de cráneos que se encontraron los conquistadores decorando los templos no eran más que una muestra de esta mentalidad de convivencia con el Más Allá. Las culturas precolombinas celebraban dichos ritos a lo largo de todo un mes del calendario mixteca que equivalía al verano europeo, entre finales de julio y principios de agosto; la Iglesia cristianizaría ese culto trasladando los fastos a noviembre para hacerlos coincidir con las jornadas similares del 1 y el 2: Todos los Santos y el Día de Difuntos.
En Oaxaca son los días de Angelitos y de los Muertos respectivamente. El primero está dedicado a los niños fallecidos, cuyos espíritus se supone que salen el día 1 y a los que se rinde respeto poniendo juguetes en pequeños altares domésticos e invitándoles a participar en las comidas; para ello se les deja un hueco en la mesa junto a los demás comensales. El Día de los Muertos, por su parte, está orientado a los adultos, cuyas almas salen el día 2. Es es la fiesta mayor, celebrada en plazas -la Plaza de Muertos acoge un mercado de productos de la huerta y artesanía que inaugura la festividad-, calles, sitios oficiales, restaurantes y, por supuesto, cementerios. De hecho los camposantos se llenan de gente que acude tanto en horario diurno como nocturno para hacer comidas comunales, dejando viandas y bebida junto a las lápidas, tabaco, fotos de los fallecidos, pequeños altares con coronas de flores, etc. Las necrópolis del país se convierten así en lugares abarrotados de gente que realizan sus ofrendas a la luz de velones y cirios, compartiendo el recuerdo de sus allegados ausentes mientras comen.
Lo más curioso es el ambiente que, lejos de ser severo o funerario, es abiertamiente festivo, con música y baile. Hay comparsas que recorren los hogares interpretando canciones a cambio de obsequios; se componen rimas satíricas llamadas calaveritas que, a veces, se dedican incluso a los vivos; los cráneos son omnipresentes, tanto de papel en los escaparates de tiendas como en los dulces típicos, en los que se graba el nombre del difunto (a veces también de los vivos, en plan broma macabra); el pan de muerto, azucarado y de forma ósea, es otra comida habitual que se regala a parientes y amigos bajo la expresión “llevar a los muertos”.
El Día de los Muertos es una jornada común que se celebra en toda Centroamérica, EEUU e incluso EEUU, aunque en México, en concreto Oaxaca y Michioacán, revisten ese tono ancestralmente burlesco hacia la muerte que atrae a miles de turistas y que bien merece un vuelo a ese país para vivirlo en persona. Desde 2003 es una jornada catalogada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.













