rio de janeiro brasil
Foto por: Eduardo Loureiro

Las fiestas de fin de año son un auténtico filón para el turista en busca de novedades originales. Etnografía, sociología y antropología suelen mezclarse en este tipo de eventos si se viaja por diferentes lugares del mundo y uno de los que más asistencia congregan -y al que merece la pena buscar algún vuelo barato para vivirlo- es el Festival de Iemanjá en Río de Janeiro.

Iemanjá -también conocida como Janaína- es una diosa del culto candomblé, correspondiente a la religión yoruba introducida en América por los esclavos negros que llegaron de África. Madre de otras deidades como Sangó, Iansa y Oxossi, se la considera el principio femenino de la Creación, de ahí lo oportuno de celebrar sus honores coincidiendo con el cambio de año. Sin embargo también es adorada en otras localidades, sólo que en ellas no se la homenajea en Nochevieja sino el 2 de febrero, como ocurre en Salvador de Bahía, o en Uruguay y Cuba (donde recibe el nombre castellanizado de Yemanya o Virgen del Mar). Además Iemanjé es la diosa del mar y reina de las aguas, por lo que marinos y náufragos la tienen como madrina.

Al declinar la tarde del 31 de diciembre la gente se reúne en las famosas playas de Río: Copacabana, Ipanema y Leblon. Los seguidores del rito son fáciles de reconocer porque visten ropas blancas, símbolo de la pureza y renovación que ha de traer el nuevo año, si bien casi todos los cariocas se han sumado a la costumbre de ataviarse de ese color, sean o no creyentes. Miles de personas se disponen a participar en un ritual místico introducidos, a ritmo de tambores y danza, por los sacerdotes y sacerdotisas, que son los primeros en entrar en trance en lo que se conoce popularmente como “pegar um passo”. Dado que Iemanjé también es diosa de los placeres carnales, se baña su figura con sidra y se baila alrededor. Cientos de puestos venden estatuillas que la representan con larga melena oscura, pechos desnudos y, a veces, cuerpo de sirena.

Cuando se entra en el Año Nuevo, momento marcado por los fuegos artificiales, llega la hora de las ofrendas. Arroz, flores, perfumes, caramelos y cualquier cosa que se considere oportuna es lanzada al mar en pequeños barquitos iluminados con velas azules encendidas desde la misma playa o tras adentrarse en lancha unos minutos. Se espera que las olas no los devuelvan a la orilla, señal de que la diosa rechaza la ofrenda. No obstante y por si acaso, los devotos ya han abandonado el lugar -siempre sin dar la espalda- para disfrutar de alguna comida especial navideña de las que ofertan los restaurantes o de algún concierto de samba en los múltiples escenarios levantados ad hoc en las inmediaciones. Al fin y al cabo, es Brasil.